sábado, 31 de enero de 2009

REGALO DE DIOS


El regalo de Dios

Llegó otra vez esta época. Emoción mezclada con ansiedad. Estrés con celebración. Agradecimiento por el nacimiento de Cristo mezclado con oraciones para poder sobrevivir otra temporada navideña. Esto es Navidad.
Me agrada la idea de la Navidad. A veces me da miedo el evento. La temporada puede ser muy alegre, pero muy fatigante. Mucho que hornear, luces que colgar, adornos que colocar, tarjetas que enviar, compradores con quienes luchar. A veces me siento y lloro al mirar al niño en el pesebre que es atropellado por mi larga lista de cosas por hacer.
Este año ya pensé mucho sobre lo que quiero hacer para crear mi Navidad “ideal”. Cuando cierro mis ojos y abro mis sentidos, visualizo una casa cómoda, repleta de risas de niños. Huelo la dulzura del pastel y el aroma de las siemprevivas del árbol. Veo las luces intermitentes que se reflejan en la superficie de la mesa perfectamente ordenada. Estoy reclinada en suaves almohadas al lado de la chimenea. Todo es perfecto…
Entonces abro mis ojos como una vaca atónita que se acercó demasiado a la cerca eléctrica. ¿Quién va a lavar los platos, decorar el árbol, hornear el pastel, colocar las luces y abrir un hueco en la pared para poner una chimenea? Sin mencionar vestir a los niños, hornear el pavo y limpiar la casa.
Además, así de acogedora como es la escena, esa no es la esencia de la Navidad. Puede ser una bonita forma de celebrarla, pero no es la única forma. Especialmente si me convierte en un ogro. Y yo tengo dos pequeñitos que no quiero que crean que la Navidad trata sobre Dios, María y José, un bebé en un pesebre y una mamá demonio de Tasmania corriendo y dando vueltas por toda la casa.
Así que, tal vez este año voy a calmarme. Me enfocaré en la presencia milagrosa de Dios y disfrutaré las luces navideñas de los demás. En lugar de preocuparme por todo lo que tengo que hacer antes del 25 de diciembre, voy a enfocarme en lo que Él hizo.
El nacimiento de Cristo cambió al mundo. Esa noche en Belén se llenó de asombro cuando Dios entró al mundo como uno de nosotros. Él es la razón. Él es el propósito. Él es la vida.
Él lo dejó todo para estar junto a nosotros y caminar por los caminos en que nosotros caminamos. Y quizás eso es lo que él quiere que yo haga también. Caminar junto a alguien. Ser una presencia en su vida más que sólo otro regalo bajo el árbol. Después de todo, ¿qué mejor regalo podría darle alguien que el mensaje de su nacimiento, su vida, su muerte y su resurrección?
He decidido pedirle a Dios que esta Navidad me envíe a alguien que todavía no haya invitado a Cristo a su vida. Quizás compartamos un café o yo me ofreceré para cuidar sus niños. Caminaré el camino en lugar de solamente seguir el protocolo navideño apropiado. Quiero vivir una vida llena de gozo que produce hambre de Cristo, no una vida de agitación que hace que todos quieran relucir.
Cristo vino para dar a aquellos que tienen necesidad, y quiero hacer que esta temporada navideña sea un tiempo de dar a mis hijos lo que necesitan, sentir la emoción de dar a los que tienen dificultades mayores que quedarse sin helado.
En lugar de correr al centro comercial para comprar el último juguete o perfume, quizás este año pase una tarde ofreciendo galletas, chocolate caliente y un saludo de ¡Feliz Navidad! a los que pasen por mi casa. Permitiremos que la gente sepa que los amamos aunque no les llegue una tarjeta navideña a tiempo.
Creo que para que la Navidad nos de las bendiciones de la eternidad, Cristo debe ser el centro de toda esta experiencia. Es más importante sentir su presencia en nuestro corazón que un montón de regalos bajo un árbol. Mi crecimiento este año es dejar de poner mi propia escena del pesebre y en su lugar, poner la atención en Cristo, disfrutando la temporada navideña en la presencia de Dios.

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